Posts tagged Fernanda Reinert

Enciclopedia de hadas

No estábamos en edad de creer en las hadas. Ni por equivocación. Eso era para el kínder o para nunca. Pero, impresas en pasta dura, las cosas se ven mucho más reales.

Tania llegó a presumirnos el libro que había comprado en el Samborns el fin de semana. Sus papás la llevaron a desayunar a ella y a su hermanita, le dijeron que escogiera un libro, y ese le llamó la atención. Unas preciosas ilustraciones victorianas mostraban a dos señoritas con alas de mariposa en la portada, seguidas por duendes y caminando entre flores y hongos. Letras doradas leían con seguridad: “Manual de las Hadas”, por Margaret Archer.

—Pero no es cierto, ¿verdad? – le preguntábamos hojéando el libro.

—Sí, son de verdad. Aquí te explica todo.

Y sí lo explicaban, de pies a cabeza. El primer capítulo hablaba sobre las costumbres de las hadas: hacer círculos en el pasto, hacer desfiles liderados por la reina, las jerarquías, su temperamento. Si hacías enojar a un hada, sufrirías eternamente. Hablaba también sobre el mundo de las hadas. Ahí el tiempo pasaba distinto: la gente que había logrado entrar, regresaba a casa luciendo muy viejo, o años después sin haber envegecido. Si lograbas viajar al mundo de las hadas, no debías ingerir alimentos, ya que te quedarías condenado a permanecer ahí para siempre. Las cosas sonaban increíbles, totalmente racionales y comprensibles. Reales.

Hablaba sobre Morgana, hermana del rey Arturo, llamada usualmente bruja, cuya verdadera identidad era la de un hada. Hablaba sobre rituales que un podía hacer para tomar conciencia de su entorno, ver a las hadas que compartieran su casa contigo. Hablaba sobre cómo  cuándo esperar a poder entrar a su mundo.

La segunda mitad estaba dedicada, con preciosas imágenes postrafaelitas, a presentar a diferentes tipos de hadas: hadas del fuego, de las plantas, duendes, elfos, sierenas… cada entrada te hablaba sobre cómo encontrar una (muchos incluían una especie de ritual u ofrenda), pedirle algún deseo o tenerla contigo.

Nos estuvimos compartiendo el libro todo el día, dejándolo sobre la falda verde para leerlo, pasándolo una a la otra cada cierto tiempo. Gina nos pasó una nota donde decía que había visto un duende una vez, en la calle. Ale nos contó en el recreo que a veces los árboles de casa de su abuela se movían, como las descritas en el libro.

Yo, que había pasado toda mi vida esquéptica, a esas cosas, me había perdido verlas, haber hablado con ellas.

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Crónica

El lugar tenía un aire muy peculiar. Serio, nostalgia disfrazada de júbilo, rock de fondo y rostros que no debian sonreir mucho al saludarse. Ausencia, era aire ausente. Como si el evento estuviera retirándose ya o sobrara lo que se habia quedado desde hace mucho tiempo, o nunca hubiera sucedido. Pero al contrario, el evento aún no comenzaba; apenas estaban montando el audio y llegando la gente. Las fotografias de los desaparecidos, la manta grande que anunciaba el colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León (FUNDENL) organizador del evento se erguían con orgullo y porte en la pared de la fuente que alberga la Plaza de los Toreros.

Paralelo a la calle colgaban pañuelos bordados a mano. Eran el trabajo de “Bordamos por la paz”, un grupo de personas de toda la república que se dedican a escribir, con hilo y aguja, las historias de la violencia que vive nuestro país. Los pañuelos hablaban de los desaparecidos, quiénes eran, cuándo y cómo se fueron. Algunos pañuelos exigían su regreso. “Viv@s se los llevaron, viv@s les queremos”.

Sobre el perímetro del pasto que rodea a la fuente, una fila de velas, pequeñas y blancas, que se perdían de la vista entre el concreto de la banqueta. Una mujer las prendía con esmero: era difícil mantener fuego vivo con el viento que suele correr por las calles de nuestra ciudad, particulamente vivo esa tarde.

Nos acercamos con Leticia Hidalgo a saludar. Lety es la madre de Roy, y estuvo presente cuando la “policía” entró a su casa hace tres años y se llevo a su hijo. Esa es la fecha que el evento conmemora: Roy Rivera Hidalgo no ha regresado a casa desde el 11 de enero del 2011, pero, más importante aún, Lety no ha dejado de buscarlo. El trabajo de las autoriades para buscarlos, de acuerdo como lo describen, ha sido escaso y no se han dado resultados. Sería fácil creer que una busqueda así, que esa magnitud de sufrimiento te llevan a lucir cansada, demacrada, ojerosa, como un espectro. Conocer a Lety fue todo lo contrario. La amabilidad en su saludo me llenó de paz, la calidez de su abrazo transmitió fuerza. Tal vez haya sido que no la conocí antes de esto, pero a mi parecer Lety estaba llena de amor, de vida. Vestia de negro y en el pecho llevaba la foto de Roy. La foto estaba enmarcada en piedras verdes, con dos corazones rojos en las esquinas inferiores. Ricardo, hermano de Roy, la acompañaba de cerca.

Lety se fué y me quedé con Karem Neiro, estudiante de kasfsjdf , quien nos invito al evento. Cuando le pregunté si formaba parte del colectivo que organizaba, me dijo que no. “Soy sólo una amiga solidaria.”, me dijo. Asi se refería a toda al gente que, siendo ajena a los hechos, asistía y apoyaba. Me platicó sobre cómo ella se enteró del colectivo con la intención de hacer un reportaje, simplemente hablar de ellos, pero que es difícil conocerlos tanto sin involucrarte, sin querer apoyarlos.

El evento comenzó unos momentos más tarde. Jesus González Ramirez, integrante de FUNDENL, llamó a todos los asistentes a mirar al estrado. Me pareció que solo estaban esperando a que la noche llegara como invitada especial, y dieron inicio al evento.

Rosario Staines Alarcón, una amiga solidaria, interpretó dos canciones sobre la espera y la esperanza. Dedicó una a las madres (agregaría yo a los padres, también), quienes sufren la mayor de las cargas al desaparecérseles un hijo.

Enseguida de Rosario, Denise Longoria, poeta regiomontana, fue convocada para recitar un poema. Compartió que lo habia escrito de manera especial para el evento. Titulado “Roy”, comenzaba hablando sobre la indiferencia de pertenecer a la misma cotidianeidad (Roy y Longoria estudiaron en la misma facultad), pasar por alto a quienes nos rodean. Describió también a Roy como alguien presente. “Tú sí estás aquí, más presente que todos, porque estamos todos pensando en ti.” Habló sobre esperar a quienes no han regresado. Su voz tembló al sugerir que pudiéramos necesitar perder también a alguien para romper esa indiferencia y ser conscientes de la realidad bajo la que vivimos.

Después pasó Selene de la Rosa, miembro de Sandunga Monterrey a interpretar la canción “Sólo le pido a Dios”, del argentino León Gieco. En seguida acompañó improvisando con la guitarra a una proyección donde se mostraron las fotografías de todos los desaparecidos que el colectivo busca. Hombres y mujeres, jóvenes y adultos, las fotografias mezcladas con mensajes de esperanza que exige justicia. “Los desaparecidos no son cifras. Tienen nombres,” se leía.

Encendieron velas para formar el nombre de Roy frente a la mampara con su fotografia y el lema “¿Dónde esta Roy?”.

Lety pasó al estrado, acompañada de otros miembros del colectivo. Entre sollozos que contuvo rapidamente mencionó que era difícil para ella no llorar al estar ahí presente, doliéndole su hijo a ella y a todos nosotros. Se refirió a Longoria para decir que, en realidad, Roy estaba allí con todos nosotros. Habló entonces de una serie de exigencias que se han hecho a Rodrigo Medina de la Cruz en representación del gobierno del estado. La demanda principal es la presentación con vida de las personas desaparecidas. Demandó también la creación de protocolos de búsqueda inmediata en casos de desaparición y la realización de un censo “fidedigno y real” de personas desaparecidas. Pidió la creación de un banco de datos que incluyera las muestras de ADN de los familiares de los desaparecidos. Destacó que el gobierno del estado no ha dado respuesta a estas peticiones, demostrando asi que el estado “no ha sido capaz de reconocer la magnitud de la tragedia, y por lo tanto no facilita, como es su obligación, el acceso a la justicia.”

Procedió a dar inicio a la toma de la plaza donde se llevó a cabo el evento, de forma que fuera un recordatorio a las autoridades de que tienen una “deuda historica con todas y todos los desaparecidos, y con la sociedad en general.” Mientras ella hablaba, miembros del colectivo subieron a pegar letras en vinil verde con los nombres de algunos de los desaparecidos sobre el vidrio de la escultura que se encuentra en esa plaza. Lety explicó que los nombres serían retirados por la propia mano del desaparecido una vez que dejara de serlo.

La estructura “El breve espacio”, sobre la cuál se pegaron los nombres de 9 desaparecidos, fue rebautizada como “La transparencia de la vispera.” El Breve Espacio fue construída por los arquitectos Landa y Lozano hace ya mucho timepo. Ahora, FUNDENL la transgrede y le da un significado distinto. Como explicó Lety, el vidrio recobraria su transparencia una vez que el actuar del gobierno fuera transparente. El vidrio simbolizaría lo transparente pero no lo invisible, ya que los desaparecidos no deben serlo. FUDENL transgredió al arte para crear una obra nueva, arte nuevo sin pretenciones, sin intención, y, tal vez, sin el conocimiento de que su manera de tomar la Plaza de los Toreros lograba crear arte en sí: dinámico y acorde al tiempo y la realidad que se vive, arte que cambia con el tiempo, no mostrando decadencia sino vida. Esperanza y vida.

ara concluir la ceremonia, soltaron globos de cantoya con los nombres de los desaparecidos. “A mí me falta Luis”, “Te estaremos esperando”, “Damaris me hace falta”, “Te queremos”. Los globos subieron como una plegaria, como un grito de rabia. Tal vez como un alma que deja de sufrir.

¿Qué sucedió en realidad en el evento? No fue como lo imaginaron algunas personas cuando les conté que asistiría: marchas, gritos y granaderos golpeando civiles, molotovs estallando a metros de mí. El único fuego que se prendía era el de los globos de luz al elevarse y la rabia en los presentes que fuimos tomando consciencia. El único grito era el de las gitarras y la poesía. Hubo golpes, sí, pero sólo de esa realidad que recuerda cómo el mundo no es una estadistica que dice que la violencia ha disminuído.

Longoria, en su poesía, habló sobre rompear la indeferencia. “Nosotros aquí estamos, demostrando que somos fuertes, demostrando que somos más ‘nosotros’ que ‘otros’”. La visión de lo que sucede cambia cuando uno deja de creerse ajeno a estas realidades, cuando decide volverse amigo solidario. Cuando lee sobre lo que sucede, cuando escucha, cuando se detiene a darse cuenta que nosotros y no otros somos quines viven aquí, quienes vivimos lo que está pasando. Quienes podemos retirar el nombre para hacer transparente la escultura, quienes podemos prender una vela en esperanza

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Cuento que me gustaría seguir.

“Rufina, Rufina, ven a comer…” me decía una voz rasposa, como quien está logrando librarse de un catarro. El cuarto era blanco y mugroso. El piso estaba frío y todo despedía un olor fuerte.

No feo, sino fuerte. A donde me acercara podía distinguir un olor, y asignárselo, como grabado en mi memoria, a aquello que olía.

Desde el corredor vino un agradable olor a comida, cada vez más intenso, hasta que una figura alta, morena y sudorosa me acercó el plato a la cara, colocándolo frente a mí, y acariciando con una gorda y salada mano mi cabeza.

“A la próxima tu tienes que venir, te tienes que acostumbrar a la casa, Rufina, es distinto a tu casa pasada, pero este será tu nuevo hogar, y yo soy tu nuevo papá.”

Me alzó del piso, alto, alto, dejándome completamente mareada al mirar el suelo que se hallaba a una enorme distancia de mí. Chillé asustada, a lo que él respondió con un abrazo cálido que me apretaba en sus gruesos brazos salados. No entendía lo que estaba pasando, y tenía miedo.

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Retratos

Sobre la mesa se posan, silenciosos como espectros, dos marcos con fotografías en la más pura expresión del blanco y negro. Rancheros mexicanos montados a caballo y adelitas con trincheras, listas para una batalla o para coquetear con el capitán.

Una mujer joven mexicana  promedio, y con promedio nos referimos al promedio que puede pagar la decoración moderna y ostentosa de su habitación, no consideraría en absoluto el hecho de poner esos marcos en la pared de su cuarto.

Sin embargo, los cuartos de las muchachitas actuales fácilmente portarían retratos de las llamadas flappers, con sus vestidos holgados y maquillaje art-decó. No dudarían en acomodar el precioso e icónico retrato de Audrey Hepburn, con su collar de perlas y su maquillaje de salón, pero jamás en la vida pondrían a la Adelita que probablemente murió en batalla una semana después de haber  sido tomada la foto.

Y es que las niñas son curiosas. Te dicen que son mujeres fuertes, pero sus modelos a seguir son damitas endebles como carrizos. Creen que con sonrisas cambiarán al mundo, actúan como si un par de tacones las fuera a hacer dominar el mundo.

Probablemente es nuestra culpa, por haberlo permitido. Por preferir a la acrtíz que a la guerrera, a la ama de casa que a la poeta, a la risueña que a la furiosa. “Calladita te vez más bonita.” Sumisa, preciosa y amable a como dé lugar.

Si esa Adelita viera en lo que nos hemos convertido, vergüenza me daría. Pues ella dejó a sus hijas y mandó a sus hijos a la guerra, ella disparó rifles y empuñó espadas. Fue violada para que tú no lo fueras, fue muerta para que tu colgaras ¿qué cosa? El retrato de una mujer que te hace creer que debes creer en besar, pero no te dice que luches.  

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Antes, por Carmen Boullosa

De seguro recordarás los calcetines del colegio o las pesadillas que no te dejaban dormir por la noche. ¿Qué tal si fuera eso lo que repasaras eternamente después de morir? Esa es la historia que nos relata Antes, de Carmen Boullosa: una niña sin nombre, aferrada a los recuerdos de la primera y única parte de su vida. Con dos hermanas mayores, una madre que no llama mamá, un padre que ella no comprende y una abuela que adora, la niña revive todos los momentos en los que el miedo, tema central de la obra, se ha presentado en su vida.

El estilo de Antes es exquisito: prosa suave con sabor poético y gracia en las palabras. No es forzada en lo más mínimo a pesar de no ser una voz que escucharías en la calle, a menos, claro, que estés hablando con Boullosa misma. Sus personajes son, en su mayoría, pasajeros y fugaces, pero los detalles en los que existen son cotidianos y humanos. Al leer la voz de la niña sin nombre la sientes como un rasguño.

A lo largo de la trama, desarrollada en Distrito Federal, se aprecian elementos del Realismo Mágico que creíamos desaparecido años atrás: roperos con habilidades fantásticas, muertes inexplicables. Una historia de fantasmas, o de realidades que no corresponden a las nuestras, pero , ¿por qué no? Encajan a la perfección en el mundo de una niña que todo observa y todo teme.

Boullosa nos ofrece una reflexión acerca del miedo, no de la valentía, sino del miedo mismo: cómo es que la niña se ve atormentada por su destino, sus acciones y las acciones de quienes la rodean. Y aunque es fácil perderse entre detalles y llevar el hilo de la historia requiere un poco más de atención que la que sueles ponerle al profe de mate, la atención vale la pena. 

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La Máquina

HOLA CHICOS lo terminé hoy y como no los veré antes del concurso quería una opinión para saber si mandarlo o no :c 
los quieroooo 😀
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La Máquina

Existe la creencia popular que si quieres tomar una decisión, avientes una moneda y, mientras está suspendida, la opción que en verdad quieres pasará frente a tus ojos.

Bajo esa noción, la compañía Amalia Soluciones SA de CV ideó una máquina que, al activarla, te daba 2.33 segundos para que esperaras a que el gatillo de una pistola te disparara, dándote así el tiempo suficiente para saber si en verdad lo querías.

El mecanismo era sencillo. Todo cabía en una tabla de madera forrada en blanco de 30 cm por 60 cm. De izquierda a derecha, como una oración, tenía una rampa para que el usuario soltara una bolita de plata (incluida). Cuando la bolita terminara su recorrido, caería en un cuenco que estaba colgando de un hilo de nailon, el hilo pasaba por un sistema de pequeñas poleas que jalaría el gatillo de una pistola que estaba sostenida en un andamio a la altura necesaria para atinarle a la cabeza del usuario.

El desarrollo de un producto de calidad tan elevada y que fuera útil para quien lo usara no fue sencillo. Pero cuando sus creadores lo pensaron por primera vez, sabían que sería tan aclamado por el mercado, que vaía la pena.

Comenzaron haciendo pruebas para determinar la altura que la rampa debería tener. Claro, mientras más inclinada fuera, la bolita tardaría menos en jalar el gatillo.

Luego estaba el problema del gatillo, ya que una pistola común necesita una presión muy grande para hacer que reaccione. Para empezar, tuvieron que crear una pistola que requiriera menos presión, de forma que el tamaño de la bolita pudiera ser práctico. Sin embargo, no podía ser muy baja la presión, ya que entonces podría reaccionar de forma accidental, y eso crearía demandas a la compañía y podría hasta implicar el fallo del producto. Por eso se escogió hacer la bolita con plata colada, que con un peso de 10.5 kilogramos por decímetro cubico, le daba a nuestra bolita de diámetro 3 cm un peso de 148 gramos. El sistema de poleas, además, ayudaba a que el peso fuera menor para lograr la fuerza requerida para que la pistola reaccionara.

Finalmente, tomaron en cuenta que su mercado objetivo era de personas de entre 16 años (18 por cuestiones legales) hasta 80, hombres y mujeres, de cualquier grupo étnico, por lo que la altura variaba mucho entre usuarios potenciales, así se les presentó el problema de hacer el andamio adecuado. Pedir las máquinas a la medida resultaría una lata y podría reducir las ventas, así que determinaron que el andamio podría ajustarse a la altura del usuario empleando un sistema de tornillos y barras justo como el que ves en los tripiés de las cámaras fotográficas.

La máquina se estuvo promocionando en segmentos del mercado que creyeron convenientes, el medio masivo para anunciarla que escogieron fue el internet: pusieron ads en varias páginas que dirigían al espacio en AmaliaSoluciones.com  dedicado para informar al público sobre las características y beneficios del aparato, así como precios y métodos de compra.

La primera semana que el sitio estuvo abierto, recibieron más de 900 peticiones de compra de todo el mundo. El corporativo de Amalia soluciones estaba muy emocionado, ¡imagínese! El aparato aún no salía a la venta y ya estaba comenzando a ser rentable. Esto era mucho más de lo que tenían planeado, y mucha gente de ese primer encaro tuvo que esperar un par de meses más para que fabricaran las máquinas necesarias.

Después de un arduo año de ventas, la petición de máquinas bajó considerablemente, ya que, claro está, este no es un producto que el mismo consumidor pueda comprar varias veces. Pero en Amalia Soluciones sabían que algo así sucedería, y habían ajustado los precios para poder cubrir el desarrollo del producto y aun así tener ganancias en el primer año. Aunque después de ese periodo las ventas comenzaron a bajar de ese increíble pico, se mantuvieron estables en los años siguientes, y el producto pasó de ser la estrella de Amalia Soluciones a ser el producto rentable clásico y en un tiempo se volvió el emblema de la marca. Recibió premios por innovación y galardones por cumplir con las necesidades del mercado.

Y aunque uno podría pensar que un producto de esta naturaleza tendría grandes repercusiones en la vida a nivel mundial, en realidad no fue así. EL único impacto que tuvo fue cambiar de lugar las estadísticas de muerte, acomodando en primer lugar la de suicidio, pero no logró un incremento considerable en las muertes presentadas al año (solamente en ese glorioso primer año de ventas), ni creó un incremento alarmante a la población.

Aun así, todos estos datos son supuestos, ya que correlación no implica causalidad cuando de sociedades se trata.

Ah, y claro, la pistola incluida en el kit contiene dos balas solamente: una para el usuario, y otra extra, por si la persona fuera encontrada por alguien que lo apreciase lo suficiente para decidir que no puede vivir sin él o ella. 

 

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En casa de los Romero

Adriana estaba sentada en la mesa del comedor, con una taza de café y la televisión prendida, viendo un programa que no pude reconocer.

Era muy temprano para que estuviera en casa, pero no la cuestioné.

—Gala, —me dijo, sin despegar la vista de la televisión. —sabías que si le cortaras la piel de la muñeca a alguien y jalaras los tendones, ¿podrías mover sus dedos? Como una marioneta.

Tragué saliva y sentí náuseas a imaginármelo.

—No, Adri, no sabía eso.

—Yo tampoco lo sabía… —me dijo.

Fui a la cocina a dejar las bolsas del mandado.

La mirada de Adriana me ponía nerviosa. Nunca me miraba a mí, en realidad, pero me molestaba como miraba las cosas, con sus ojos azules, grandes como pasteles y los labios apretados.

Yo había atendido a la familia de Adriana, los Romero, desde que tenía quince años y dejé el pueblo para buscar trabajo en la ciudad. Su sirvienta pasada era mi madrina, y tuvo que dejar el servicio porque su marido ya no la dejaba trabajar. Antes de irse, ella me recomendó y entonces llegué a la casa.

En ese entonces, Adriana tenía diez años y la misma mirada.

A los doce, su mamá le compró un juego de sombras para los ojos, y a partir de ese día se maquilla con una gruesa capa de color verde en el párpado.

A los trece, su papá le regaló un celular, con el que tomaba fotos de sí misma, desnuda, y las mandaba a sus amigos.

A los catorce, hizo una fiesta en su casa mientras sus papás estaban de viaje. Invitó a mucha gente mayor que ella, y tuvo relaciones en la cama de sus padres.

A los quince, tuvo su primer novio, y encontré en su armario velas y novelas sobre ritos con cera.

Ahora, con 16 recién cumplidos, había terminado con su novio, y comenzado a salir y a invitar a su casa a un grupo de jóvenes que me hacían sentirme muy insegura. Era fácil traerlos a la casa, sus padres rara vez estaban presentes y yo estaba bajo amenaza. Una palabra de lo que hacía Adriana y le diría a sus padres que había robado algo del joyero de la señora. Y, la verdad, a mí no me iban a creer.

Además, yo estaba bien en esa casa. Me pagaban muy bien, más que a las criadas de las otras casas y ahí la vida era muy cómoda. La casa era tibia en invierno y me permitían regresar con mi familia los fines de semana. Podía pedir cualquier cosa que necesitara y corría por la cuenta de los Romero. En cambio, en el pueblo, la vida en el pueblo era difícil, sin dinero ni escuelas. Me alcanzaba para mandarle algo a mamá cada mes y, a veces, la señora Romero me daba la ropa que ya no usaba para llevarla al pueblo, para mamá y mis hermanas. No tenía por qué dejar a los Romero, en realidad me sentía muy agradecida con ellos.

—Adri, ya está la comida. —le dije más tarde ese día. —¿Te sirvo ahorita o te esperas a más alrato?

—Yo me sirvo sola, más alrato. —me dijo sin mirarme, y en seguida se paró de la mesa y subió corriendo las escaleras.

Puse los ojos en blanco y me serví en un plato.

Esa noche, los señores Romero salieron a cenar. Adriana no estaba invitada así que se sentó en la sala a ver la televisión. Puso una película de terror, o eso parecía. Se escuchaba una mujer gritar y pedir que no la mataran. Escuché que tocaban la puerta y salí a abrir.

Era Martín, uno de los amigos nuevos de Adriana, y, tenía que aceptarlo, el menos raro. Llevaba las mejillas rojas, sudor en las patillas, y los ojos hinchados como limones.

—¿Está Adriana? —me preguntó.

—Sí, deja le hablo.

Escuché a Adriana gritar desde adentró.

—Si es Martín, déjalo pasar. —me dijo.

Le señalé  al joven que entrara, y fue directamente a la sala de tele, con Adriana. Le dijo algunas cosas en voz baja. No alcancé a oír todo lo que decía, sólo retazos de conversación, hablaba rápido y respiraba fuerte. Adriana lo intentaba calmar.

—Shhh, shh, todo va a estar bien…

—Pero Adri, Carlos… identificar…

—Él… Nosotros no…

—Nos van… policía es…

—Shhh, shhh, no tienen… a salvo…

Luego, Adriana me habló.

—Gala, traenos agua, quieres?

Regresé con una jarra y dos vasos.

—Gracias. ¿Ya terminaste tus labores de hoy? —me dijo con es rostroe n blanco.

—Ehm, sí, ya está todo.

—Perfecto, vete a dormir.

Me sentí confundida. Nunca me habían dicho eso ni ella ni sus padres.

—Tus papás me pidieron que me quedara aquí para cuidarte, Adri.

—Gracias, puedo cuidarme sola.

La boca me supo ácida. Le di las buenas noches y me retiré a mi cuarto, una recámara pequeña junto a la lavandería. Me quedé dando vueltas en la cama, nerviosa de lo que fuera a ocurrir. Un rato después, escuché un auto irse. Supuse que era el del joven Martín, y, aliviada, me pude dormir.

Al día siguiente,  me levanté temprano a poner el café y preparar el desayuno de la señora Romero. Prendí la televisión de la cocina para ver las noticias. Estaban hablando de una nota de última hora: el incendio a un almacén de la ciudad. El fuego comenzó en la madrugada, y cuando lo lograron apagar, hace una hora apenas, encontraron los restos de una persona, al parecer una mujer.

Escuché entonces que alguien tocaba la puerta, no llamar al timbre, sino directo en la madera.

—¿Adri? ¿Qué haces afuera a esta hora? —le pregunté perpleja. Tenía ojeras bajo sus enormes ojos azules. El coche de su amigo Martín se alejaba de la casa.

—Ni una palabra de esto a mis papás, ¿okey?

—No, no les diré nada. ¿Qué estabas haciendo?

—No es asunto tuyo, Gala. —mi dijo en voz baja y subió a su habitación, pisando con la bola del pie. Volví a la cocina y miré el reloj. Su padre despertaría en un par de minutos. En la televisión seguían hablando del incendio, y de la mujer que estaba dentro del almacén. Entrevistaron a un forense. Al parecer, el fuego no había hecho más que tostarle la piel, lo lograron apagar a tiempo. Según dijeron, la mujer había muerto previamente, no a causa del fuego, sino por un apuñalamiento en la garganta.

De la misma forma, el asesino había cortado un gran pedazo de su piel en el antebrazo, y jalado, como marioneta, los tendones en su muñeca.

Vomité en el lavabo de la cocina, convencida de regresar al pueblo.

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